Para su intervención en Festival Asalto, la propuesta surgió del Monasterio de Rueda, que daba nombre a la calle, y de su vínculo con el patrimonio de Zaragoza. A partir de elementos de su arquitectura y de la naturaleza que lo rodeaba, la intervención jugaba con arcos, vegetación y aves, trasladándolos a un lenguaje renovado sobre las paredes que recorrían la escalera. El mural buscaba que la naturaleza se filtrara en el entorno urbano, generando una atmósfera viva, dinámica y orgánica que conectaba pasado y presente.
El trabajo adquiría un carácter instalativo y escenográfico, proponiendo un recorrido dinámico. El objetivo era transformar las escaleras en un espacio donde el pasado arquitectónico y espiritual del monasterio dialogaba con el presente urbano, integrando memoria, naturaleza y tránsito cotidiano.



